Cuando las voces se rompen

La lluvia golpeaba el techo de la clase como si quisiera entrar. Los estudiantes, cansados por el sonido constante, apenas prestaban atención. Entonces el profesor Valdés dejó una tiza sobre la mesa y dijo, con una calma que contrastaba con la tormenta:

—Hoy quiero que pensemos en algo distinto. ¿Alguna vez se han preguntado por qué, cuando dos personas se enfadan, terminan hablando tan alto?

La pregunta cayó como una piedra en un estanque. Hubo un murmullo breve, hasta que un chico respondió:
—Será porque se desesperan.

El profesor negó suavemente con la cabeza.
—Si están uno frente al otro, ¿por qué necesitan elevar la voz?

Nadie supo qué decir. Algunos se encogieron de hombros. Otros miraron por la ventana, como si la respuesta estuviera escondida entre las nubes.

Valdés caminó despacio entre las filas de pupitres. Su voz era tan baja que obligaba a todos a escucharlo con atención.

—Cuando dos personas se hieren con palabras, no solo se molestan. También se alejan por dentro. Es como si cada emoción amarga empujara sus corazones en direcciones opuestas. Y cuanto más se distancian, más fuerte tienen que hablar para alcanzarse.

Los alumnos guardaron silencio. La lluvia seguía cayendo, pero ahora parecía un acompañamiento suave.

—En cambio —continuó el profesor—, cuando existe cariño, la distancia interior desaparece. Las voces se vuelven suaves. No hace falta gritar para ser escuchado. A veces basta con un gesto. O con un silencio que lo dice todo.

Una chica levantó la mano, con timidez.
—¿Entonces… cuando alguien grita es porque ya no siente cerca al otro?

El profesor sonrió, con una mezcla de tristeza y ternura.
—Exactamente. Y si no cuidamos esa cercanía, un día puede romperse del todo.

La tormenta comenzó a amainar. El sonido de la lluvia se volvió más tenue, como si también quisiera escuchar.

—Recuerden esto —dijo Valdés mientras recogía sus cosas—: las palabras pueden construir puentes o derribarlos. Y los gritos, casi siempre, son ladrillos que caen.

Cuando salió del aula, nadie habló. No era necesario. Cada uno estaba reconstruyendo, en silencio, algún puente que había dejado a medias.