El Relojero de los Sueños

En un rincón olvidado de la ciudad, un anciano relojero tejía hilos invisibles entre los sueños y la realidad. Su taller era un santuario de maravillas y secretos.


En el corazón de la ciudad, donde las luces de neón se mezclaban con las sombras, existía un pequeño taller de relojería. Su dueño, el anciano señor Alaric, era un enigma para los vecinos. Nadie sabía de dónde venía ni cómo había llegado allí. Pero todos conocían su fama: era el Relojero de los Sueños.


Los clientes llegaban a su puerta con sus relojes rotos y sus corazones desgarrados. Alaric no solo arreglaba engranajes y manecillas; también tejía hilos invisibles entre los sueños y la realidad. Sus relojes no solo marcaban el tiempo, sino también los momentos más profundos de la vida.


Un día, una joven llamada Isabella entró en el taller. Sus ojos brillaban con la tristeza de los recuerdos perdidos. Le entregó un reloj antiguo, heredado de su abuela. “¿Puede arreglarlo?”, preguntó.


Alaric asintió y tomó el reloj en sus manos. Cerró los ojos y sus dedos danzaron sobre las piezas. El reloj cobró vida. Pero no solo eso: comenzó a mostrar imágenes. Isabella vio a su abuela en su juventud, bailando bajo la luna llena. Vio su primer beso, su boda, la risa de sus hijos. El reloj no solo marcaba el tiempo; también contenía los sueños de su abuela.


  • Isabella lloró. “¿Cómo es posible?”


  • Alaric sonrió. “Los relojes son portales”, dijo. “Los sueños se entrelazan con las manecillas. Cuando los arreglo, también restauro los recuerdos”.


Isabella regresó al taller muchas veces. Cada visita era un viaje a través del tiempo y el espacio. Alaric le mostró mundos olvidados, amores perdidos y secretos enterrados. Isabella aprendió a tejer sus propios hilos, a conectar su presente con su pasado.


Un día, Alaric desapareció. Dejó su taller vacío, pero lleno de relojes rotos y sueños intactos. Isabella se convirtió en la nueva Relojera de los Sueños. Siguió arreglando relojes y tejiendo hilos. Pero también buscó a Alaric en cada tic-tac, en cada sueño.


Dicen que aún vive, en algún rincón olvidado de la ciudad, entre las luces de neón y las sombras.

 Tejiendo hilos invisibles, arreglando relojes rotos y conectando los corazones de los soñadores.

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