La gota que se atrevió a soñar: una historia de superación y aventura

¿Qué pasaría si una gota de agua decidiera separarse del océano y vivir su propia aventura? 

Descubre la historia de una gota que quiso ser diferente y lo que aprendió en el camino.


Era una mañana soleada y el océano estaba tranquilo. Todas las gotas de agua se movían al ritmo de la brisa, siguiendo las leyes de la naturaleza. Todas, menos una. Se llamaba Aqua y era una gota aventurera. No le gustaba hacer lo mismo que las demás, una y otra vez, quería explorar el mundo y tener experiencias nuevas. Así que un día, aprovechando una ráfaga de viento, se impulsó hacia el cielo y se separó del océano.


  • ¡Adiós, aburridas! -gritó a las otras gotas-. ¡Yo me voy a vivir la vida!


Aqua se sintió libre y feliz. Podía ver el horizonte, las nubes, las aves, las montañas... Era un espectáculo maravilloso. Se dejó llevar por el aire y viajó por diferentes lugares. Vio bosques, ríos, lagos, ciudades, desiertos... Cada paisaje le parecía más fascinante que el anterior. Se divertía jugando con el viento, haciendo piruetas, cambiando de forma y de color. Se sentía única y especial.


Pero también se sentía sola. No tenía con quién compartir sus aventuras, ni a quién contarle sus impresiones. Las otras gotas de agua que encontraba por el camino eran distintas a ella. Unas eran dulces, otras saladas, otras frías, otras calientes... Ninguna le entendía ni le hacía caso. Aqua empezó a echar de menos el océano, su hogar, su familia. Se dio cuenta de que allí tenía amigos, que allí era feliz, que allí era parte de algo más grande que ella.


  • ¿Qué he hecho? -se preguntó-. ¿Cómo voy a volver al océano?


Aqua buscó la forma de regresar, pero no la encontró. El viento la había llevado tan lejos que no sabía dónde estaba. Estaba perdida y asustada. Se arrepintió de haber sido tan aventurera y de haber dejado el océano. Se puso a llorar y sus lágrimas se mezclaron con el aire.


Entonces, ocurrió algo mágico. Una de sus lágrimas cayó sobre una flor y la hizo sonreír. Otra cayó sobre un niño y le refrescó la cara. Otra cayó sobre un perro y le hizo saltar de alegría. Otra cayó sobre un anciano y le alivió el dolor. Aqua se sorprendió al ver que sus lágrimas tenían el poder de hacer feliz a los demás. Se dio cuenta de que, aunque fuera una gota, podía hacer mucho bien.


  • Tal vez no sea tan mala idea estar separada del océano -pensó-. Tal vez pueda ayudar a los que lo necesitan.


Aqua decidió seguir llorando, pero esta vez con una sonrisa. Sus lágrimas se convirtieron en una lluvia de esperanza que regó la tierra y llenó de vida todo lo que tocaba. Aqua se sintió útil y orgullosa. Había encontrado un sentido a su existencia.


Pero también había encontrado el camino de vuelta al océano. Porque sus lágrimas se filtraron por el suelo y llegaron a los ríos. Y los ríos las llevaron al mar. Y el mar las acogió con los brazos abiertos. Aqua se reencontró con las otras gotas y les contó su historia. Ellas la escucharon con admiración y cariño. Le dijeron que la habían echado de menos y que estaban orgullosas de ella.


  • Gracias, amigas -dijo Aqua-. He aprendido mucho en este viaje. He aprendido que individualmente soy una gota, pero que juntas somos el océano. Y que el océano es más hermoso y poderoso cuando todas las gotas están unidas.


Y así, Aqua regresó al océano, donde la esperaban sus amigas. Les contó todo lo que había visto y sentido en su viaje por el aire. 

Les habló de los paisajes, los animales, las plantas, las personas… Les mostró los colores que había aprendido a crear con sus lágrimas. Les hizo reír con sus anécdotas y les emocionó con sus reflexiones. Aqua había vuelto, pero no era la misma. Era más sabia, más valiente, más generosa.

Y el océano también había cambiado. Se había llenado de luz, de vida, de esperanza. Gracias a Aqua, el océano había descubierto un mundo nuevo, lleno de posibilidades. 

Aqua había sido una gota singular al atreverse a soñar, y había generado un cambio extraordinario en todas las gotas del océano.



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